jueves, 20 de noviembre de 2008

MONTE FUJI


Antiguamente, los japoneses decían que cada cosa, elemento, seres, tenían sus dioses.
Segen-Sama, la diosa del monte fuji, es una de las más venerada. Diosa también de las rocas.

El monte Fuji es escenario de muchos mitos japoneses. Se cree, por ejemplo, que es la morada de Kunitokotachi, el Señor de la Tierra Eterna, invisible deidad creadora omnipresente que surgió en forma de caña del caos del océano primigenio.
Hace mucho tiempo, un anciano encontró a una niña recién nacida en una de las laderas de Fuji. Entonces, la llamo Kaguya-hime. Al crecer, la niña se transformó en una hermosa mujer y se casó con el Emperador. Pero transcurridos siete años de su matrimonio, le dijo a su marido que como no era mortal, debía regresar al cielo. Para consolar al Emperador, le entregó un espejo diciéndole que en él siempre podría verla.
El Emperador, deseoso de ir al cielo junto a ella, utilizó el espejo para seguirla hasta la sima del Fuji… pero no pudo continuar. Su amor desengañado hizo que se prendiera fuego al espejo y desde ese día, de la cima de la montaña, siempre sale fuego.
El monte Fuji (femenino) y su vecino, el monte Haku (masculino) disputaron por ver cuál de los dos era el más alto. Para decidir respecto a la cuestión el Buda de la luz Infinita, hizo pasar un tubo desde la cima del monte Haku hasta la cima del monte Fuji. Cuando el agua se vertió sobre la cima del monte Fuji la diosa se enojó tanto que golpeó a Haku en la cabeza y le rompió el cráneo en ocho fragmentos (los ocho picos actuales del monte Haku). Como consecuencia, el monte Fuji es hoy más elevado.
Los peregrinos suben a su cumbre para venerar al sol naciente.

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